Estábamos los dos, uno en frente del otro. Nos dimos cuenta de que ya no podíamos adivinar que es lo que pensaba el uno del otro o analizar sus pensamientos como hacíamos antes. Lo habíamos perdido todo. Todo lo que teníamos hecho hasta ese momento. Todas las sonrisas que nos habíamos decidido regalar día a día ya no estaban. Yo no recordaba cómo era la suya y él no recordaba cómo era mi mía. Era triste, al menos a mi me invadía la tristeza en esos momentos. Antes reíamos y reíamos, horas y horas, y a veces, a uno de los dos –o tal vez a ambos-, no nos salía la sonrisa, y nos preguntábamos <<Qué te pasa?>> Automáticamente sabíamos la respuesta: Llorar. Apoyar la cabeza en su hombro y llorar. Y después, al fin, decíamos <<Te quiero.>> y se hacía el silencio.
Pero la historia bonita se acabó. Un día estábamos tan hartos que con el <<Te quiero>> no bastó. Y acabamos llorando el uno por el otro, pero ésta vez no juntos, sino solos, sólo con la compañía de la luna, y entonces ya no quisimos sonreírnos por la mañana ni saber nada del hombro del otro, hasta que llegamos al punto de vernos y sentir que el corazón se nos hacía pedazos.
Por casualidad –o a lo mejor no tanta- estábamos el uno en frente del otro, y no parecía que ninguno tuviera nada que decir, es más, nuestras caras reflectían inexpresión dura y enfada. Pero yo no me callé, le solté todo lo que pensaba, todo lo que quería de él. Le dije que no me acordaba de cómo era su sonrisa y de qué ya no sentía su voz por las noches. El siguiente paso fue llorar, primero a él le saltó una lágrima y después a mí otra. Lloramos sin miedo uno en frente del otro. Nuestros secretos amargos se rompieron y volvimos a ser como los dos amigos –aunque era más acertado decir hermanos- que éramos antes para siempre. Entonces, mientras aún podía ver una lágrima caer precipitadamente por su mejilla, me sonrió: <<Aquí tienes tu sonrisa perdida.>>

No hay comentarios:
Publicar un comentario